martes, 22 de septiembre de 2009

LA GRANDEZA DE LAS COSAS SENCILLAS


Una asidua lectora de esta página, me sugiere que hablemos de la virtud de la pobreza cristiana. Considero muy oportuno el tema.

Ofrezco unas reflexiones que una vez escribió el teólogo Salvador Canals en su libro Ascética meditada (Rialp, 1962): Por el amor a lo incomprensible.

Todos los misterios de la vida de Cristo son misterios de amor: el mismo nacimiento del Hijo de Dios es un misterio de amor. Sólo la omnipotencia divina puesta al servicio de un amor infinito por nosotros los hombres podía haber encontrado un modo tan admirable de realizar la antigua promesa. Tota ratio facti est potentia facientis, toda explicación del hecho es el poder de quien lo hizo, hace decir la Iglesia a sus sacerdotes ante el misterio que se realiza en la gruta de Belén.

En verdad que es un misterio de amor el de este Dios que se hace niño: la omnipotencia que se reduce a la extrema impotencia. El Señor de los cielos y de la tierra no tiene una cuna en donde ser acostado; un establo es el palacio del Hijo de David, un pesebre sirve de trono para el Hijo de Dios.

Sólo si somos niños.
Hoy que nuestra mirada humana se pierde en el misterio del Dios niño, tratemos de empeñar hasta el fondo nuestra mente y nuestro corazón para comprender el valor y la necesidad de una verdadera vida de infancia espiritual. En su vida pública, cuando quiera indicar el único camino que lleva con seguridad al Reino infinito, Jesús dirá estas sencillísimas palabras: si no os volvéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Este es el único precio que ha de permitirnos llegar con certeza hasta el espectáculo eterno de la gloria, de la belleza y de la armonía de Dios. Y es un precio que es tan inaccesible a los soberbios cuanto al alcance de los humildes y de todos los que se convierten, no sin esfuerzo, en hombres de buena voluntad.

¿Quién de nosotros no advierte, en la noche de Navidad, la necesidad de un esfuerzo de simplificación interior que nos haga, como el Dios niño nos quiere, sicut parvuli”, como niños? Sobre todo si nos contemplamos inmersos en un mundo como el de hoy, donde es tan fácil envejecer espiritualmente, y también morir, aun siendo jóvenes de años, de piel y de venas. ¡Cuántos jóvenes y adultos conocemos que son espiritualmente viejos! ¡Cuántas personas de alma complicada y cerrada como un laberinto, y de corazón en perenne agitación y bullicio!

Resulta todo muy normal.
Sólo una mirada sencilla y limpia podrá hacernos penetrar con gozo y con fruto en el desarrollo del gran misterio de Dios.

El acontecimiento más grande de la historia de la humanidad acaece de un modo extremadamente sencillo: un hecho totalmente sobrenatural se verifica de una forma del todo natural.

No es necesario el espectáculo para Dios.
La acción de Dios en el mundo y la obra de la Providencia divina en el gobierno de la vida humana escapan a la consideración de los hombres y a la crónica de los acontecimientos cuando los hombres que deberían ver, comprender y contar, no tienen un corazón sencillo que les consienta entrar en los secretos de la vida de fe. Habituados como estamos, nosotros los hombres, a buscar la novedad extravagante y a desear, sobre todo, las cosas que impresionan o sirven de espectáculo, no logramos comprender que la predilección del Señor vaya a las cosas sencillas y ordinarias.
Juan García Inza

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