miércoles, 2 de septiembre de 2009

MOTIVO PARA CANTAR


Era el año 1862, cuando se había recrudecido la Guerra Civil en los Estados Unidos de América.

Los bandos enemigos se habían retirado a sus respectivos campamentos para pasar la noche. La luna brillaba en todo su esplendor. En el frente se hallaban apostados soldados de ambos bandos, cada cual con la misión de prevenir un ataque sorpresivo del enemigo.

En el bando del sur había un soldado llamado Ira Sankey. En un momento de descuido, Sankey surgió de entre las sombras y comenzó a contemplar el majestuoso cielo estrellado. Al verlo, uno de los soldados del bando del norte se deslizó con cautela y preparó su fusil para disparar contra el distraído Sankey. No bien había terminado de afinar la puntería cuando Sankey, que era creyente en Cristo, alzó los ojos al cielo y comenzó a cantar: «Cristo, cual pastor, oh guía nuestros pasos en tu amor; nuestras almas siempre cuida, guárdalas, oh Salvador».

El francotirador se dispuso a apretar el gatillo, pero al escuchar el himno una sensación extraña se apoderó de él. Conocía muy bien esa melodía y esa letra. ¡Era uno de los himnos que le había oído cantar a su mamá! Cuando Sankey llegó a la estrofa del himno que dice: «Tuyos somos, fiel Amigo, sé tú nuestro Defensor; da al rebaño tuyo abrigo de este mundo pecador», el soldado, conmovido, puso a un lado el arma y escuchó con atención hasta el final.

Terminó la guerra, pasaron los años, y el soldado, ya veterano, conservaba el recuerdo de esa noche. Pero no supo nada de Sankey hasta que en la Nochebuena del año 1875, mientras viajaba por el río Delaware en un barco de vapor, escuchó una vez más las notas de aquella memorable melodía. ¡Cuál no sería su sorpresa al saber que quien la cantaba era el mismo a quien se la había oído cantar durante la guerra! Un grupo de personas había reconocido a Sankey como el cantautor que dirigía los himnos en las campañas del renombrado evangelista Dwight Moody, y le había pedido que cantara una de sus propias composiciones; pero él les había dicho que esa noche prefería cantar el viejo himno «Cristo, cual pastor».

Tan pronto como Sankey terminó de cantar, el veterano, que no había asistido a ninguna de las reuniones de Moody, se acercó a Sankey, se presentó y le contó cómo hacía trece años que ese himno le había salvado la vida. Sankey no salía de su asombro al ver cómo Dios, tal como decía el himno, había guiado los pasos de los dos de tal manera que se encontraran por segunda vez. Así que aprovechó la ocasión para contarle a aquel hombre acerca de Jesucristo, el motivo de su himno, y tuvo la alegría de ver cómo su antiguo enemigo se convertía no sólo en amigo suyo sino en amigo de Dios al entregarle su vida a Cristo aquella misma noche.
Por: Carlos Rey

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