sábado, 9 de julio de 2011

ADICCIONES, ESCLAVITUD EXISTENCIAL



Cuando se habla de adicciones, lo común es pensar en drogas, pero estas son sólo una modalidad, la obsesión por el sexo, el aspecto físico, el trabajo, el juego... crean también dependencias; la raíz es siempre la misma: la persona.

En el momento presente múltiples indicadores sociales apuntan que las adicciones sin sustancias o sin drogas van a marcar un cambio cualitativo en el discurrir histórico de la humanidad, por su extensión y por el número de personas afectadas.

Lo fundamental para determinar si una persona es adicta, no es la presencia en ella de una sustancia-droga, sino más bien la existencia de una experiencia que es buscada con tal ansiedad que la lleva a perder su control cerebral y emocional. Hay que insistir en que no todas las adicciones son iguales y que las adicciones a sustancias químicas alteran el funcionamiento del cerebro, a diferencia de las adicciones sin droga. Sin embargo, cualquier conducta placentera puede convertirse en adictiva si se hace un uso compulsivo de ella. Desde esta perspectiva, da igual estar atado por un hilo que por una maroma: todas las adicciones comparten el denominador común de la esclavitud existencial.

Enganchados al mundo virtual.
Es sintomático que haya jóvenes enganchados al «celular» o a internet que necesitan pedir ayuda a centros de desintoxicación. Para comprender mejor el mundo virtual, lo primero en lo que reparamos es en que desde que nacemos estamos expuestos a los estímulos de la televisión. Es evidente que el problema comienza cuando esta exposición es compulsiva y se confunde drásticamente la ficción con la realidad.

Todos los niños aprenden muy pronto a percibir con claridad la diferencia entre fantasía y realidad, pero el mayor daño que causa la televisión se debe a su poder adictivo y al valioso tiempo que roba a otras actividades creativas necesarias.

En la primera y segunda infancia la televisión, los videojuegos e internet pueden provocar fuertes dependencias, que luego pueden configurar un tipo de personalidad adictiva. El auténtico reduccionismo se da cuando la máquina sustituye a las relaciones interpersonales.

Por eso George Steiner concluye que «tienes que ser muy rico para no oír la música del vecino. Los niños tienen terror al silencio, pero los mayores también. Por eso nos ponen música en los ascensores. Pero hay una esperanza: en este momento millones de adolescentes leen en el mundo a Harry Potter, libros difíciles y gordos. Esos niños necesitan silencio y les dicen a sus padres que apaguen la televisión».

En las últimas décadas el trabajo compulsivo ha sido considerado por muchos psicólogos un objeto de dependencia de graves consecuencias para la salud psíquica de las personas. En Estados Unidos se habla de workoholics o adictos al trabajo para describir hombres y mujeres cuya dedicación obsesiva al trabajo es de tal intensidad que descuidan sus necesidades materiales, físicas, psicológicas, familiares y sociales.

Hablamos de trabajo adictivo cuando trabajar es una actividad tan obsesiva que infiere en la salud, y en suma no es sino otra forma de huir de uno mismo.

En busca del cuerpo perfecto.
Una derivación del trabajo adictivo es el perfeccionismo. En esa dinámica adictiva podemos entender a una gran proporción de personas obsesionadas con su peso, en busca de la figura perfecta. El triunfo de la voluntad sobre el hambre representa una virtud.

Por tanto, la delgadez ofrece una posibilidad única para expresar públicamente que se han logrado las dos metas, tanto la belleza como el autocontrol.

La anorexia y la bulimia son consecuencias de esta dependencia compulsiva. La comida, por defecto o por exceso, se convierte en el objeto central de la vida de una persona. En esta línea podemos incluir otras dos conductas obsesivas como la vigorexia y la ortorexia. La ortorexia impide a quienes la sufren comer otra cosa que alimentos «estrictamente sanos» y con el menor aporte calórico extra posible.
Sin embargo, los médicos reparan en que estas personas sufren carencias nutricionales ya que no sustituyen los alimentos que rechazan por otros que aporten lo mismo. El ortoréxico emplea una gran parte de su tiempo y energías en pensar qué va a comer al día siguiente, la semana siguiente, el mes siguiente; nunca come fuera de casa, ni productos enlatados, ni nada que lleve conservadores; desconfía de todo tipo de manufacturación intermedia de los alimentos; y sobre todo, se siente culpable cuando se salta sus estrictas convicciones dietéticas.

La vigorexia afecta sobre todo a adolescentes que, al contrario que los anoréxicos, ven su cuerpo siempre delgado aunque esté musculado en exceso. Su vida y su alimentación tienen el objetivo de conseguir la figura deseada, aunque hayan de recurrir a hormonas y sustancias dopantes. La diferencia entre una manía y una conducta normal está en la pérdida de autocontrol. Las personas adictas con tendencia a la vigorexia y a la ortorexia padecen lo que los especialistas llaman «ilusión de control», es decir, la creencia de que tienen control sobre su vida, pero en realidad son esclavas de su adicción.

Es muy llamativo el trastorno de potomanía (manía de beber). Los médicos de familia se encuentran con jóvenes a los que el consumo excesivo de agua les ha llevado a un estado vegetativo, cuando sus niveles de sodio bajan a límites que producen el estallido de células cerebrales.

Otro mundo adictivo es el de la sexodependencia. Estamos ante personas degradadas a la condición de objetos. El objetivo del sexoadicto es más la reducción morbosa de una carencia afectiva y de sentido de la vida que la obtención de placer. Al dejarse llevar por las apetencias sexuales inmediatas, el sexoadicto no sabe que es esclavo precisamente porque se trata a sí mismo primero, y a los demás después, como objeto de placer autonomizado y objeto de comercio. En otros aspectos de la vida se impone el mismo principio: cuanto más se centra uno en sí mismo, más próximo se sitúa en la frontera de la adicción.

Genes y ambiente no explican todo.
Si queremos superar la orientación sanitarista excluyente que predomina en la sociedad actual hay que ir más lejos en nuestras explicaciones médicas y psiquiátricas. Con independencia de que haya una predisposición genética hacia este tipo de conductas compulsivas y unas circunstancias sociales o ambientales más o menos estresantes, la causa profunda hay que buscarla una vez más en el vacío existencial y el sin sentido de una vida carente de objetivos e ilusiones.

Uno de los momentos cumbre del proceso curativo de los llamados «Programas Libres de Drogas» que se llevan a cabo sobre todo en Centros de Rehumanización, se da cuando la persona llega a tomar conciencia de su realidad y, desde ese profundo autoconocimiento personal, decide vivir sin ataduras adictivas y sin comportamientos negativos que le conduzcan de nuevo a ellas. Lo grande de la persona es saber que la posibilidad última de su recuperación es impredecible y depende, en última instancia, de ella misma.

Siete preguntas a José Luis Cañas.
La OMS ha dicho recientemente que el tratamiento de la dependencia debe dirigirse a cambiar el comportamiento de los adictos y aconseja a las autoridades de salud integrar este tipo de terapias en el sistema sanitario. Sus propuestas van precisamente en la línea de la rehumanización, más que en la de la rehabilitación. ¿En qué consiste esa fórmula?
–La rehabilitación se entiende por el abandono del consumo, mientras que la rehumanización, además de partir de ese abandono, se dirige a transformar las conductas personales que provocaron la esclavitud a las drogas. El fenómeno adictivo es más amplio que la sola dependencia a estas sustancias. Por eso creo que los centros universitarios de drogodependencias y los institutos de formación sobre drogas deberían dar una sólida formación humanista que consiga cambios duraderos en las personas adictas.

No se sale de un problema de drogas hablando de las sustancias que las producen sino de las personas que las padecen. Hay que atacar las conductas adictivas.

Fatiga de vivir.
¿Hay que añadir a las campañas antidroga información sobre las conductas adictivas?
–Las conductas adictivas y las adicciones en general son un anestésico a la fatiga de vivir, un intento de huir de la realidad. Eso no ha cambiado.

Volvemos al terreno de la persona. El problema es la generación de una mentalidad adictiva que afecta a todos los niveles sociales. Hace más de diez años que se habla de «cultura adictiva» pero el discurso sigue ciñéndose a las toxicomanías, como si fueran la única clase de adicciones. Está claro que las drogas son un problema social en todo el mundo, pero si la lucha contra la droga tiene poco éxito es porque no se abordan los factores existenciales de la persona.

–¿En qué se diferencia un drogadicto de lo que usted llama persona adicta?
–La perspectiva con que se aborda el problema condiciona cada uno de los aspectos posteriores. Si desde el primer momento entendemos que la conducta adictiva es síntoma de un profundo vacío existencial previo, la prioridad es la persona y su rehumanización, no las adicciones y la droga. El resto - prevención, rehabilitación, metadona, narcosalas, legalización, etcétera - también adquiere otra perspectiva.

Además, es muy común que se junten varias adicciones en una misma persona. La adicción al sexo se asocia con el abuso de alcohol. Los jugadores compulsivos con frecuencia comen y/o beben en exceso. Esto supone que poner fin a una adicción no alivia automáticamente las demás. Peor: a veces surgen otras nuevas. Ese es el perfil de la persona adicta. Lo que demuestra que la causa de la adicción está dentro de cada uno.

Buscar la raíz del vacío.
Un joven sin problemas aparentes, con más o menos apoyo familiar, con oportunidades académicas o profesionales razonables, con amistades, cae en la drogadicción. ¿Tan grande es ese vacío existencial?
–Los terapeutas que trabajan con jóvenes adictos dicen que hay una palabra con la que sistemáticamente estos se sienten identificados y se les ilumina la expresión del rostro: vacío. El vacío lleva a la opción adictiva, y viceversa. La persona que busca el placer por el placer, vive de forma acrítica, sin creencias ni compromisos, sin horizonte vital, sin un proyecto más allá de lo inmediato, acaba por sentir que ella misma se ha perdido. Eso es el vacío. Sin embargo, no se responsabiliza de sus errores. Mientras no encuentre la raíz de su problema, no podrá rehumanizarse.

Aunque son muchas las motivaciones para caer en las drogas, en estudios humanistas actuales se apunta que la actitud de la persona es la que la hace ser adicta. La adicción es un síntoma de un problema, como la fiebre. En todos los adictos se observan rasgos de inestabilidad emocional, necesidad de afecto, problemas de comunicación y síntomas de incompetencia social porque no saben controlar su afectividad y la ponen al servicio de la obtención del placer por el placer.

De todas formas, la primera causa sigue siendo la falta de motivaciones profundas, la falta de puntos de referencia, el vacío de los valores y pensar que nada tiene sentido. Desde esta perspectiva, la droga en sí no importa; el problema es que la persona sienta su necesidad. El joven que fracasa en los estudios y se droga, o el adulto que fracasa profesionalmente y recurre al alcohol, se hacen adictos a algo que no modifica en nada su suerte, con el agravante de que cuanto más se evaden, menos fuerzas tienen para soportar la realidad.

¿Cómo supera la drogadicción un joven sin valores, sin referencias familiares, con fracaso escolar o académico, con malas amistades, con hábitos de consumo, sin fuerzas…?
–Es verdad que se le han cerrado muchas puertas, pero las comunidades terapéuticas tienen miles de ejemplos en los que siempre quedan ventanas abiertas. La perspectiva de la rehumanización asegura que podrá salir totalmente de las adicciones si encuentra sentido a su vida. Es cierto que la sociedad influye mucho y mal, pero no tiene la última palabra.

Deficiencias educativas.
Se ha comprobado que ni una educación muy rigurosa ni una permisiva son suficientes como para evitar que los hijos prueben las drogas. ¿Qué aconsejaría a padres y educadores para mejorar la prevención?
–Nadie se acuesta abstemio y se levanta alcohólico. La entrada en el mundo adictivo es un proceso acumulativo. La conducta adictiva crece a medida que aumenta el aislamiento, la desintegración familiar, etcétera. Hay que estar alerta. De hecho, los programas de tratamiento de las comunidades terapéuticas, como Proyecto Hombre, son sobre todo programas que dan a las personas la educación que no recibieron de pequeños.

Robert J. Samuelson escribía hace poco [22/marzo/04] que una de las paradojas de la prosperidad es que, a medida que se cubren las necesidades y deseos materiales crecen los psicológicos (por ejemplo, en 1957 sólo 3% de los estadounidenses se sentían solos; ahora son 13%). Usted apunta que antes de la drogadicción suele haber vacío existencial y déficit espiritual que se intenta llenar con droga o sucedáneos.
–Es muy fácil de entender la ecuación que hace Samuelson. El mundo adictivo pretende llenar el déficit espiritual causado por las carencias afectivas y relacionales que han dejado a la persona arrojada en el vacío existencial de su vida. Y esto es algo que todos los exadictos reconocen con precisión universal.

En consecuencia, este camino a la inversa (el de la rehumanización) es el que debemos recorrer para ayudar de verdad a las personas más desestructuradas de la sociedad.

Bibliografía.
1 Cañas, José Luis. Antropología de las Adicciones. Psicoterapia y Rehumanización. Dykinson. Madrid, 2004. 450 págs. Antes, el mismo autor publicó De las drogas a la esperanza (Ediciones San Pablo)
Istmo 276

Ignacio Zabala