martes, 20 de noviembre de 2012

NO MATES AL PROFETA QUE HAY EN TI



Viajar, moverse un poco, conocer (en directo u online) a gente distinta, a diversos grupos cristianos por aquí o por allá, ilustra mucho, y resulta sugerente para quien, como yo, intenta vivir pendiente con humildad de “las cosas de Dios”, y de cómo pueden llegar cada vez mejor a la gente …

Bueno, pues una de las que más perplejo me deja, y más feliz, es una constatación que cada día hago más y con más frecuencia. ¿Saben a qué me refiero? Pues a esas personas “con un toque especial”.

Puede que se trate de un apreciación subjetiva, pero me recuerda una frase que me dijo en una ocasión la poetisa Marian Bárcena: “la poesía que vale la pena es la que tiene <>”. Eso es: uno se encuentra a veces con hombre y mujeres que parecen desprender un fulgor especial, ¡y créanme que se trata de individuos muy variados! Pueden ser jóvenes o mayores, más instruidos o menos, pero uno percibe, cuando se habla del Señor, de la evangelización, o de los pobres, que sus ojos relucen de pronto con un brillo especial.

Son profetas, los profetas de hoy. Y están ahí, aunque no lo parezca.

Hace unos años le escuché decir a Olegario (González de Cardedal): “Cuando estoy en clase miro a esos chicos y esas chicas y pienso si aquí mismo podrá estar una nueva santa Teresa, un nuevo fundador”. Eso me pasa a mí: ese pueblo de llamados está entre nosotros, y a veces me gusta imaginarme a un chico joven tal y como podría ser dentro de unos años, y me digo ¡quién sabe si evangelizará a miles! ¡quién sabe si será padre de una multitud de huérfanos!

Es algo que me ayuda a ser feliz. Pero no se trata solo de una ilusión: no, es un convencimiento. ¡Y lo más alucinante de todo, es que uno de ellos puede ser usted (o tú) que lee(s) ahora mi modesto blog ¡

¿Y por qué no?

He hablado muchas veces de la situación de la Iglesia española. Y otras tantas he expresado la convicción de que el modelo de trabajo pastoral basado casi exclusivamente en la iniciativa y responsabilidad del sacerdote (sin negar lo indispensable de su ministerio), ha tocado a su fin. Supongo que en un futuro aparecerán numerosos ministerios, o “servicios” (si así asusta menos) laicales, que serán determinantes en la marcha de las cosas.

Eso significa que tenemos que mirar a nuestro alrededor con mucho cuidado, sobre todo los obispos (eso significa el verbo “episkopeo”), y detectar allí donde se levante un carisma especial, para cuidarlo, hacerlo crecer, y luego verlo dar fruto…

Eso significa que tú, que estás leyendo esto, que tienes 20 años, o a lo mejor 40, y que siempre has guardado en tu corazón un anhelo de servir al Señor y a los demás con una labor fuera de lo común, aunque parezca una chifladura, debes escuchar esa pequeña voz en tu interior, debes discernir y pedir consejo, y cuando lo tengas claro, lanzarte a la tarea, la que Él te inspira, ¡la que sea!, porque en tu obediencia muchos serán bendecidos, y amados, y salvados. Así que fíjate tú qué responsabilidad. Y, a la vez, qué maravilla.

Hay personas que están llamadas a correr caminos trillados y santificarse en ellos. Por ejemplo, puedes estudiar, buscar un trabajo, casarte y criar cristianamente a tus hijos. O puedes ser sacerdote y hacer lo que los sacerdotes han hecho siempre. Ambas cosas son magníficas, y si las llevas a cabo fielmente, es muy posible que te conduzcan al cielo.

Pero a lo mejor, casado, soltero o cura, puedes sentir la llamada del Señor a abrir un frente nuevo, a saltar de la trinchera y correr a campo abierto. Que recibirás heridas, está de más decirlo, y que a veces te sentirás como un verdadero imbécil, también…

Pero, escúchame bien, hermano, hermana querida: por favor te lo pido, si sientes esa llamada a darlo todo por la causa del Rey, no negocies, ni pienses como piensa la mayoría, porque tú puedes ser un profeta. Tu vida puede dar calor a la de cientos y el fuego que saldrá de ti encenderá muchas velas, ya casi extintas.

Busca quien te guie, busca hermanos que te acojan en comunidad. ¡No languidezcas solo! Y no pienses, como Saúl, que David era sólo un muchacho… No mates al profeta que hay en ti.

Ojalá un día podamos encontrarnos, y en ti pueda ver ese “fulgor” de Dios que te hace único.

Que Él te bendiga, y te dé valor.

Josue Fonseca

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